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Escribe:
Leonardo
Aguirre (*) |
Toda gran novela es un homenaje al idioma. María Laura Carlota Ignacia Restrepo Casabianca ha ganado el Premio Alfaguara de Novela 2004. José Saramago, presidente del jurado, ha consentido en declarar que “cuando el nivel de la escritura llega hasta donde lo llevó Laura Restrepo, hay que quitarse el sombrero”. Yo también me lo quito.
Esta magnífica novela lleva por título “Delirio”, pero hay que decir que ésa es la opción aprobada por la editorial. El título primigenio, sin duda, es más apropiado y decidor: “Mira mi alma desnuda”. Porque ése el objetivo principal de Aguilar (y acicate para el lector, que debe acompañar sus intentos): desnudar el alma de su esposa Agustina. No curarla, no rehabilitarla: sobre todo, entenderla.
Aguilar, profesor de literatura convertido en vendedor de comida para perros, se ausenta tres días por razones laborales. A su regreso, Agustina ha caído en una crisis mental inexplicable y apenas si lo reconoce. Entonces comienza la novela y comienza también el viaje descendente, de Aguilar y del lector, hacia las turbias profundidades de la insania de la protagonista.
Hija de una familia de abolengo que pacta con el narcotráfico para rehacer su fortuna, Agustina Londoño acusó siempre inquietudes esotéricas y alguna vez, incluso, demostró sus dotes adivinatorias. Sin embargo, Aguilar nunca sospechó que su esposa terminaría por perder todo contacto con el mundo de los vivos. Laura Restrepo ha dicho en una entrevista que “uno nunca conoce a la persona que ama” y que “sólo se conoce ese trecho que se cruza con el nuestro”. Pues bien, para Aguilar ha llegado el momento de conocer todo el camino que recorrió Agustina (incluyendo a sus antepasados) hasta casarse con él. Si quiere entender verdaderamente a su mujer, si quiere destejer el entramado de su imprevisible demencia (aunque ya constatará luego que no era tan imprevisible), el yerno descastado debe aproximarse a la historia de esa familia aristocrática que nunca lo aceptó como miembro.
La novela de Restrepo exhibe una estructura simple y sólida. El texto se organiza en torno a los testimonios de los personajes principales, narrados, casi al mismo tiempo, en primera y tercera persona: la propia Agustina que evoca el infierno de su niñez, el abuelo alemán Portulinus que también padecía de desequilibrios mentales, el ex amante Midas McAlister (arquetipo del arribismo; intermediario entre Pablo Escobar y los voraces Londoño), y el profesor Aguilar (aún enamorado de una mujer que ya no es la misma) quien da cuenta de la insoportable convivencia con su esposa desde que la encontró descocada hasta que recuperó la lucidez (aunque no sabemos si del todo o por un breve lapso).
La autora de “Dulce Compañía” y “ La Novia Oscura ” participó en 1983 de la comisión negociadora de paz entre el gobierno y el M-19. Llegó a la conclusión de que la guerrilla estaba dispuesta a ceder mientras que un sector del ejército se empeñaba en obstaculizar el proceso. Fue amenazada de muerte y forzada a vivir en la clandestinidad. Restrepo enclava “Delirio” en una Colombia casi apocalíptica, en un valle de sombra de muerte, en una nación erosionada por el terror y, sobre todo, por las añejas y férreas jerarquías (donde, como también dice Laura, “uno está más cerca de Miami que del sur de Bogotá”). Un “remedo de país”, un país “fantasmal”: según el Midas McAlister, “ese lugar llamado Colombia hace mucho dejó de existir” (p. 327).
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DELIRIO
de Laura Restrepo.
2004 / Alfaguara
345 pp
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Quizá como la propia Agustina Londoño -¿una cifra de la sociedad colombiana?- que vagabundea como fantasma y habla con fantasmas, que también dejó de existir como persona para convertirse en un recipiente quebradizo de recuerdos tortuosos.
Pero los testigos de la locura de Agustina no son, de ningún modo, fantasmas. Son almas desnudas y también cuerpos de carne y hueso. La Restrepo demuestra pericia para moldear personajes que el lector percibe como mucho más que palabras sobre papel.
No obstante, no es menos cierto que “Delirio”, por otro lado, también es un sofisticado artilugio verbal. Es una catedral edificada palabra sobre palabra, a punta de escritura rítmica y frases casi antológicas. La prosa que sedujo a Saramago es tan coqueta como garbosa, efectiva y sabrosa, con las dosis exactas de barroquismo y coloquialidad. Ciertamente, el lenguaje también es el protagonista.
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