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Escribe:
Leonardo
Aguirre (*) |
Cuando hablamos de Saramago es imposible hablar sólo de literatura. Ya sé que un académico análisis del texto literario debería prescindir del contexto socio-político. Y también conozco la máxima semiótica: fuera del texto no hay salvación. Pero, honestamente, en este caso, considero casi inmoral no considerar las alusiones políticas de "Ensayo sobre la Lucidez". Esta fábula de Saramago (quien, además, no pierde ocasión de denunciar a viva voz lo que ya esbozan sus novelas), a pesar de su meditada inocencia literaria, a pesar de las imprecisiones espacio-temporales, es una cifra de todas las falsas democracias del planeta. Y, naturalmente, bien leída, es una denuncia sobre la ineficacia de la propia democracia peruana. "Ensayo sobre la Lucidez" es la radiografía de un estado corrupto y omnipotente que se sirve del maquillaje multipartidista y electoral para desarrollar impunemente su modus operando dictatorial. No es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. La democracia es una ficción.
Terminé de leer "Ensayo sobre la Lucidez" el último miércoles 14 de julio: otro aniversario más de la toma de la Bastilla y día del inocuo paro nacional en el Perú. Me resultó inevitable reconocer en sus páginas los eternos vicios de nuestra república y reflexionar, tristemente, en torno a la inutilidad de aquella revolución que decapitó un monarca para legarnos un presidente que goza de las mismas licencias que Luis XVI. La única diferencia entre monarquía, satrapía, militarismo, etc. y la mal llamada democracia es la posibilidad pírrica de cambiar de tirano cada cinco años. Y ni siquiera eso porque las elecciones también se pueden arreglar (si le creemos a Michael Moore, no se salva ni "la democracia más perfecta del planeta").
La trama de esta novela parte de los inusuales resultados de unos comicios municipales en una capital cualquiera de un país cualquiera. Una aplastante mayoría votó en blanco. Se convocó a elecciones nuevamente y el porcentaje del desencanto no hizo sino aumentar. El gobierno sospechó entonces de una conspiración masiva quizá organizada por una cúpula subversiva y quizá alentada por un movimiento anarquista de dimensiones continentales. Los gobernantes no pensaron ni por un momento en una legal protesta unánime contra la validez del régimen que ellos mismos representaban.
Se decretó el estado de emergencia y se puso en marcha una red de espionaje para determinar quiénes habían votado en blanco y, sobre todo, quiénes eran los cabecillas de la supuesta conspiración. Nada. Se dispuso entonces el estado de sitio y todos los funcionarios públicos -además de la policía y el ejército- abandonaron la capital rebelde. Nada: no se halló ningún culpable y la ciudad siguió funcionando sin autoridades. El pueblo puso en jaque al propio sistema político.
En un consejo de ministros, alguien propuso emparentar la epidemia de ceguera de cuatro años antes con el reciente voto en blanco (aquí, "Ensayo sobre la Lucidez" evoca los acontecimientos de "Ensayo sobre la Ceguera", pero no es, de ningún modo, imprescindible leer esta novela para entender cabalmente aquélla). La ecuación era absurda, pero los medios, absolutamente manipulados, se encargaron de convertirla en una verdad incuestionable: ojos en blanco, votos en blanco. Así, una opción electoral legítima como cualquier otra derivó en una suerte de cáncer que amenazaba expandirse por el todo el país. Sin embargo, el diagnóstico ficticio no sirvió para encontrar el remedio.
Pero aparece una carta y, con ella, el chivo expiatorio. El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones: un cándido ciudadano, creyendo servir a su patria, denuncia a una mujer que, hace cuatro años, salvó milagrosamente de quedar ciega como todos, y sugiere, además, que hay un vínculo entre ella y la reciente "epidemia" electoral. Naturalmente, el vínculo no existe, pero el gobierno, y la prensa que le es adicta, se encargarán de inventarlo.
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ENSAYO SOBRE LA LUCIDEZ
de José Saramago.
Alfaguara / 2004
424 pp. |
Mencioné más arriba una "meditada inocencia literaria". Con eso me refiero, especialmente, a las particularidades del narrador. "Ensayo sobre la Lucidez" se propone como una fábula y quien nos la cuenta se presenta como el habitual narrador de los cuentos de hadas y los relatos de aliento mágico (no confundir con el "realismo mágico"; en todo caso, esta novela se acerca mucho más a " 1984" o "Un Mundo Feliz" que a "Cien Años de Soledad"). Es un narrador que se abroga múltiples derechos y es capaz de transcribir pensamientos y sentimientos de los personajes e, incluso, se permite opinar sobre la estupidez de los mismos (sobre todo, cuando reproduce y acota la vacía retórica de políticos, periodistas y policías; retórica que, por otro lado, él mismo no puede evitar). Más aún, se atreve a advertirnos sobre la inminencia de algún hecho clave en el desarrollo del argumento y justificar, entre otras marcas de estilo, la ausencia de descripciones paisajísticas y de mobiliario. Aquí no hay objetividad; aquí no se pretende la verosimilitud.
Y aún con todo, tratándose de un narrador tan cantinflesco como sus personajes, tratándose de un texto tan ostensiblemente ficcional, Saramago consigue persuadir al lector de la pertinencia y actualidad del tema abordado y, especialmente, de la traslúcida cortina que separa la realidad interna de la novela de nuestra cotidianeidad política.
Se hacen innecesarias las fechas, las alusiones históricas, los nombres, la geografía y el relato imparcial de crónica periodística barata: esta fábula brillante no necesita señalar con el índice para hurgar en la vena totalitaria de una democracia tan inútil como artificiosa.
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