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Escribe:
Leonardo
Aguirre (*) |
Gracias a Dios que existen los franceses.
Woody Allen: El Ciego
Debo confesar que alguna vez me tomé unas cervezas con Johann Page. Antes de eso, ya había escuchado de él pero no había leído ninguno de sus cuentos. Ya había escuchado ese nombre inverosímil que siempre me sonó a broma, a pseudónimo, incluso a nombre artístico. Luego encontré “Sobre el Muro” en la antología de ganadores del primer concurso de la editorial Matalamanga (“El Arte, las Mujeres, la Muerte y otros cuentos”) y recién entonces leí a Johann Page. Y comprobé que el nombre era fidedigno (no me atreví a preguntárselo durante la ronda de Cuzqueñas).
“Sobre el Muro” encabeza el índice de su ópera prima, “Los Puertos Extremos”, que acaba de llegar a mi oficina. La edición se debe al novísimo sello “Estruendo Mudo” y, honestamente, debo felicitar a Johann por elegir un empaque tan atractivo para presentarse en sociedad.
Sin embargo, a pesar de que el empaque suele determinar la valoración del contenido (ya se sabe: todo entra por los ojos, así como te ven te tratan, etc.) y aún cuando he confesado conocer personalmente al autor (ya se sabe: yo te estimo, no te mueras nunca, los negocios se cierran con un par de cervantes, etc.), no seré condescendiente. Habré libado con Page pero ahora, como siempre, hablaré como borracho (ya se sabe: los borrachos y los niños no mienten jamás). Soy su amigo pero no sé nada.
Y debo confesar también que abrí el libro con la mayor de las disposiciones pero muy pronto comenzó el desencanto. Obviando la introducción críptica y disuasiva de la contra, me tropecé con un índice insulso, quizá más propio de un poemario, y, sobre todo, con el parche de la solapa: “El libro que Usted tiene entre manos es el primer paso de un proyecto de largo aliento que el autor se ha planteado emprender. Mas no terminar.”
Eso me quedó claro cuando llegué a la página 154: luego de leer (no diré que con mucho placer) la docena de piezas narrativas (no me atrevo a decir “cuentos”) del libro debut de Johann Page, resuelvo que el talento flota, chispea, se presiente pero no cuaja ni deslumbra. No es un libro definitivo. Sin embargo, las óperas primas, por lo general, son apenas indicios de los libros definitivos por venir, e intuyo que Johann los escribirá de todos modos.
Pero antes de abrir la tapa, hay que olvidarnos de las recomendaciones pugilísticas de Cortázar, la poética de Poe y el decálogo de Quiroga. Sí, ya sé que son los maestros de la narrativa breve, pero los artistas adolescentes siempre son parricidas. Page no quiere divertir. Page no busca el suspenso (salvo un par de excepciones). Page no cincela títulos magnéticos. No busca la transparencia verbal que enseñó Ribeyro (la ambigüedad es su divisa). No pinta paisajes (aunque por momentos, contra el espíritu del volumen, se le escapen ciudades y avenidas). No pone rostros, no perfila personajes (a veces no sabemos si el protagonista es una persona, un animal, un fantasma o el inconsciente colectivo).
Page no quiere un funeral multitudinario como Balzac. Tal vez mi amigo se dirige a un nicho, un segmento, una tajada mínima del mercado lector. Tal vez se dirige a ese reducido público que se tomará la molestia de leer cada cuento más de una vez –nunca de una sola sentada- antes de convencerse de su exquisitez literaria.
No obstante, el texto que da título al volumen (un lunar, una isla) sí cumple, por lo menos parcialmente, con las expectativas del grueso de la lectoría. Y observa los consejos de los cuentistas mayores. Todavía huele un poco a ejercicio de estilo, pero bien puede decirse que si el autor deshidrata el texto de pretensiones literatosas, conseguirá un relato redondo. Lástima que, como dije, el resto del volumen naufrague en aguas densas y oscuras. “Los Puertos Extremos” es una buena historia y está bien contada. En las demás se sacrificaron los principios básicos narrativos en aras de la impecabilidad formal y, sobre todo, de tanto coquetear con la poesía.
Este libro de Page me recuerda que alguien definió al cuento como hermano del poema. Sin duda, la prosa resalta por eso mismo: la carestía de precisión, claridad, color, movimiento, calle y hasta suciedad quizá se explique por la intención manifiesta de estirar (¿elevar?) el verbo hasta casi tornarlo en música (no podría decir si realmente lo consiguió). Por otro lado, esa narrativa culposa, que se arrepiente de serlo, nos ofrece (aunque el índice y la contra las vendan muy mal) piezas o embriones de relato que se aproximan a la cifra y a la metáfora. En ese afán universalizante, Johann despoja a sus historias de giros imprevistos (más bien, las historias giran y giran: no avanzan). “Los Puertos Extremos” no es un abanico de historias sino de largas metáforas.
En cambio, debo confesar que yo pertenezco a ese amplio grupo de lectores pedestres que busca en un libro todo aquello que no habrá de encontrar aquí. No soy Gonzáles Vigil, que eligió a mi amigo como “revelación narrativa” del 2004. No tengo un paladar tan exquisito.
Es decir, saludo una opción narrativa diferente (¿independiente?) que no comulga, por ejemplo, con los postulados de la escuela Kronen (sexo, drogas y rock and roll) ni con los disfuerzos artificiosos de Bryce. Es decir, entiendo que algunos cuentos exigen (¿merecen?) un nivel mayor de concentración y disposición para un trabajo de arduo desentrañamiento (supongo que hay cuentos hollywoodenses y cuentos franceses). Pero, en el caso de “Los Puertos”, sospecho que el autor quiere trasladarle al lector la chamba que él debió acometer antes de publicar el libro. No es que yo sea un lector ocioso. Sólo deseo que un cuento me seduzca tanto que después me sienta compelido a releerlo para agotar todas sus virtudes.
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LOS PUERTOS EXTREMOS
de Johann Page
Estruendo Mudo / Pontifícia Universidad Católica del Perú.
2004. |
En primera instancia, yo pido divertirme, asustarme, llorar, ser sorprendido y burlado, conjeturar finales permanentemente, deshilvanar la trama con la misma ansiedad de quien desenvuelve un regalo (y en el caso de este libro, repito, el regalo está bien envuelto), y comprender sin lugar a dudas quién es quién y qué diablos sucede. Pido relatos que me emocionen al punto de necesitar contárselos a los demás con total claridad para que experimenten el mismo entusiasmo que me invadió cuando los leí por primera vez.
En segunda instancia, claro, busco también la metáfora, la universalidad y el haz de sentidos. Pero nunca al revés. Y nunca, como sucede en “Los Puertos Extremos” (salvo “Los Puertos Extremos”), nada más que lo segundo. Salud por ese cuento, Johann. Pero tú te pones el próximo par.
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