| En Chicago, ciudad de rascacielos, la arquitectura se impone. Los edificios empinan sus torres para alcanzar el cielo y estirar su sombra en la tierra. Nacen majestuosamente del corazón de la ciudad. Uno camina por sus calles como aprisionado entre inmensos brazos. La mirada no alcanza a cubrirlo todo. Hay que andar estirando el cuello para ver sus puntas coronadas de diferentes formas. Armonía y belleza los unen. Las construcciones se yerguen frente al lago Michigan. Nada sobra ni falta: están ahí y hay que mirarlas con la contemplación interna que trae las cosas buenas de la vida.
Las alamedas, las calles, las pilas de agua y su sonido despiertan la curiosidad de un ajeno visitante. El downtown trae recuerdos de algún film de la mafia siciliana. Ciertas calles son atravesadas por la columna vertebral del tren que zigzaguea a su antojo. Grandes parques la adornan y el arte crece del suelo. Esculturas de Picasso o de Miró están vivas como viejos cómplices.
Recorrer las alamedas que bordean el lago nos permite llegar a la zona donde habitan los museos. Un pedazo de tierra, una punta de la bahía sostiene sus cuerpos. Hay para todos los gustos. El Field Museum de clásicas columnas griegas conserva los gigantescos huesos de la dinosuria ‘Sue'; el Museum of Science and Insdustry; el Adler Planetarium y Astronomy Museum con su cúpula cargada de estrellas; el Shedd Aquarium develando los misterios marinos están llenos de gente. Muchos escolares los visitan.
El hombre lleva consigo el deseo de guardar cosas. Aficionado a coleccionar ha ido juntando todo tipo de arte reafirmando su gusto. Guerreros triunfantes regresaban a su patria con las manos llenas. Estatuas, vasijas, pinturas eran parte de los tesoros. Las colecciones iban siendo más fastuosas e iban marcando las clases sociales. Con el tiempo la idea de museo fue una necesidad.
Visitar un museo es como entrar a una ciudad dentro de otra. La humanidad, su entorno, sus creaciones develan sus secretos. Una simple estatua de terracota egipcia puede conmover: el escribano pela cebolla y llora. Las obras nos miran para ser vistas. Nace la reciprocidad. Los museos dejaron sus semblantes aburridos y sus roperos de cosas viejas para apostar por ser centros educativos divertidos y dinámicos. El juego y la magia empiezan. Todo lo demás es cuestión de uno mismo.
Antes de llegar al Art Institute of Chicago hay que caminar por un gran parque donde dos grandes paredes, una frente a otra, simulan una moderna fuente del siglo XXI. De sus muros el agua cae bañando a los transeúntes que pasan cerca. Nos detenemos para mirarlas. Simulando una pantalla de cine aparecen rostros gigantescos. Niños, jóvenes, adultos, de todas las razas, uno por uno coquetean, sonríen y se despiden botando un chorro de agua por la boca. Los rostros y sus huellas los surcos de agua y sus líneas se mimetizan.
Al llegar al Instituto, dos majestuosos leones de bronce descansando sobre sus panzas nos reciben. El edificio de estilo neoclásico es de tres pisos. En sus galerías se alberga el arte contemporáneo, algunos impresionistas, pintura y escultura americana, antiguo arte africano y egipcio además una sala destinada para la fotografía, un cuarto de objetos en miniaturas, arte europeo entre otros.
El arte americano se expande en dos pisos. Tres mil quinientos trabajos de la permanente colección y más de 50 pintores son los responsables. Las obras expresan las distintas maneras de vivir de los americanos. El arte moderno se exhibe en el segundo piso. Obras de William Merrit Chase, Theodore Robinson y de algunos pintores expatriados en Francia o Inglaterra pintan escenas de ciudades o se interesan en grandes retratos. La influencia de los impresionistas deja huella. El tema urbano contemporáneo es fuente de inspiración.
La Segunda Guerra mundial obligó a algunos artistas europeos a vivir en Norteamérica. Como respuesta a sus creaciones, el cubismo, el expresionismo, el fauvismo, el movimiento Dada fueron corrientes al servicio de la inspiración. Los artistas se influenciaron por el galopante desarrollo industrial, el jazz, el automatismo y la visión contemporánea de sus vidas. Estos temas fueron el resultado de pinturas novedosas y frescas.
El notable fotógrafo Alfred Stieglitz estimuló a varios artistas. En su galería de Nueva York, que estuvo abierta desde 1905 hasta 1946, expusieron notables pintores como Marsden Hartley, John Marin, su esposa Georgia O'Keeffe quien cada vez que podía partía a México.
John Steuart Curry y Grant Wood se inspiraron en el medio oeste que es pintado con nostalgia. Artistas afro americanos trabajaron sus propias experiencias cargadas de momentos íntimos. Escenas del blues club , del jazz, de funerales y bodas son representadas en sus telas.
En México, como en los Estados Unidos, el nacionalismo sirvió de inspiración. José Clemente Orozco rindió homenaje al héroe de la revolución mexicana: Emiliano Zapata.
Entre 1940 y 1950, muchos artistas tomaron diferentes direcciones. Edward Hopper en sus urbanas escenas expresó la quietud y el silencio del alma humana. Estructuró sus composiciones tal y cómo las había visto.
La diversidad que tiene el museo puede ser hermosa pero detenerse en la unidad es invalorable. |