| El actual Museo del Prado es uno de los edificios con los que se adornó, en el reinado de Carlos III, el que se llamó primero Salón del Prado y luego Paseo. Con ese Salón del Prado, desde Cibeles a Atocha, concebido como una operación urbanística de altos vuelos, pretendió el rey, "el mejor alcalde de Madrid", también llamado "el rey albañil", dotar a la capital de sus reinos de un espacio de categoría urbana y monumental al modo de los que sí abundaban en las capitales de otros reinos europeos. El Madrid en el que él había nacido, poco había mejorado cuando a él regresó para ser rey luego de serlo de Nápoles. Madrid era todavía aquel poblachón manchego que, convertido repentinamente en capital de las Españas por obra y gracia de Felipe II, había crecido precipitadamente y de un modo desordenado y poco consistente.
La actuación urbanística que encargó a sus ingenieros y arquitectos, se centró en el llamado Prado de los Jerónimos (el convento e iglesia de San Jerónimo el Real que queda detrás del Museo).
Ese "prado" dió nombre al Salón, luego Paseo, y más adelante al Museo. Se adornó la zona, muy rica en árboles, con fuentes monumentales (Cibeles, Apolo o las Cuatro Estaciones, Neptuno..., todas ellas ya con temas clasicistas como corresponde a las décadas finales del siglo XVIII) e imponentes y singulares edificios que, para ser destinados a la Ciencia, preocupación continua de los ilustrados, encargó el monarca a su arquitecto Juan de Villanueva. De norte a sur del eje del paseo, proyectó Villanueva el actual Museo (concebido sin embargo para Gabinete y Museo de Ciencias Naturales), el Jardín Botánico y el Observatorio Astronómico ya en los altos del Retiro. Todo fue proyectado con una gran unidad de criterio: mientras en el actual Museo se estudiaría la naturaleza inerme, en el inmediato Botánico (e incluso se proyectó una exedra que los enlazara) se estudiaría la naturaleza viva. De estos dos edificios, sólo el segundo mantendría el destino para el que fue proyectado. El Observatorio Astronómico lo ha conservado hasta tiempos muy recientes.
LAS COLECCIONES
El Museo, que se creó como museo de pintura y escultura, tiene también colecciones importantes de dibujos (más de cinco mil), grabados (dos mil), monedas y medallas (cerca de mil), y casi dos mil piezas de artes suntuarias o decorativas. La Escultura a su vez está representada por más de setecientas piezas y por una cantidad menor de fragmentos escultóricos.
Pero la colección de pintura con su enorme riqueza, en cantidad (ocho mil seiscientas pinturas) y en calidad, ha oscurecido la importancia de las otras colecciones. Aún así, dada la endémica limitación de espacio, el Prado sólo puede exhibir, en sus dos sedes, la más rica selección posible de sus pinturas (una séptima parte aproximadamente) y de sus esculturas; y aún éstas lo están con un criterio decorativo, al igual que algunas piezas de mobiliario y artes suntuarias (salvo la exhibición completa, y como conjunto ordenado, de El Tesoro del Delfín).
Los fondos de la colección de pinturas se articulan en tres conjuntos fundamentales: las pinturas que proceden de las colecciones reales (poco más de tres mil), las que aportó la fusión con el Museo de la Trinidad (que rebasan ligeramente las dos mil) y el fondo llamado de Nuevas Adquisiciones (más de tres mil quinientas) que es el bloque vivo en el que se asientan desde las primeras adquisiciones que realizaron ya museos como el del Prado y el de la Trinidad mientras existió, hasta los últimos ingresos. Estas adquisiciones han venido siendo por compra, por donaciones y legados, y también por suscripciones públicas. |